Michel Vinaver por Michel Vinaver

Publicada en El Libro Rojo de las Artes Escénicas

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esulta curioso que el autor de unas veinte obras de teatro, varias novelas, ensayos y traducciones -hasta de “La Tierra Baldía” de T.S. Elliot- haya tenido algo que ver con la aparición de los mecheros de plástico, o con la expansión de las cuchillas de afeitar desechables en los sesenta.

Pollifacético e impredecible, Michel Vinaver  (París, 1927) contaba veinte años cuando escribió su primera novela –Lataume (1950), que poco después publicaría Albert Camus. El año pasado dirigió su propia obra Lo Normal (1981) sobre los escenarios de la Comédie Française, un lujo del que sólo unos pocos dramaturgos de renombre han disfrutado.

¿Quién soy yo? Ante todo, soy escritor. Mi vida ha obedecido a dos principios: el de la necesidad y el azar.

 La necesidad: En el capítulo de la necesidad ha estado presente, desde siempre, la de ser escritor, pero también la de ejercer cualquier otro oficio. Uno muy diferente al de escribir, a poder ser, y que me permitiera ganarme la vida de otra manera que no fueran los derechos de autor para no tener que preocuparme de si me llegaba el éxito o no, de la aprobación, de la notoriedad. Tomé esta decisión con 17 años para proteger mi libertad y no tener que preocuparme de la acogida inmediata de mis obras. Esto es algo que me prometí a mí mismo.

El azar: En el capítulo del azar estaba Gillette, que respondió a mi oferta de empleo: “joven busca trabajo”. Así entré a trabajar, casi sin darme cuenta, en el universo de los productos desechables, de usar y tirar, en el seno de una gran multinacional. Y he pasado 27 años subiendo escalones en ella, sin ambición pero como resultado de un crecimiento personal, hasta ejercer puestos de poder. Me ha gustado encontrarme así, empujado a estar de alguna manera, presente en la vida de todo el mundo.

En el capítulo del azar también tenemos, en un pueblito donde Gillette Francia tenía una fábrica y unas oficinas, un estupendo grupo de teatro de aficionados. Hasta allí me arrastraba por las tardes, como una especie de turista fascinado. Y allí es donde comprendí que no era un novelista, sino un escritor de teatro (en ese momento ya había publicado dos novelas). Recordé la función del teatro en la ciudad, en su origen en la Grecia antigua -sobre lo que había hecho un curso en la universidad-. Y me di cuenta de que la escritura de diálogo me correspondía mejor que la narrativa.

Los comienzos: Mis primeras piezas tenían como escenario la guerra de Corea -que acababa de terminar-, la guerra de Argelia -todavía en curso-, partiendo siempre de los más insustanciales, de los más íntimos y banales aspectos de la vida corriente, y de la manera en la que los aspectos más secundarios o nimios se relacionan con los grandes acontecimientos políticos e históricos.

La empresa: Pero pronto me di cuenta de que vivía en un acuario extraordinario, por lo que no hacía falta que ir mucho más allá… La empresa es un acuario donde se entrecruzan todas las pulsiones humanas con sus dos polos principales: la admisión y el rechazo. En torno al primero está la entrada, la pertenencia, la adhesión, formar parte de, la integración, la consideración, amar, ser amado, el orgullo, la solidaridad, encontrar tu lugar, ser reconocido, progresar… En torno al segundo, está la expulsión, la marginación, la infidelidad, la injusticia, el desprecio, la indiferencia, la pérdida del empleo…

Mi obra: La tragedia antigua no está hecha sino de estos componentes: elección (amorosa, política), expulsión (vía la rivalidad, los celos, la muerte, la traición, las derivas del poder). El sistema capitalista pare naturalmente, aunque no nos demos cuenta, todos los elementos de la tragedia, pero también es maravillosamente propicio a la comedia y a la mezcla de los las dos. Mi teatro es cómico, o digamos que camina por la frontera entre lo cómico y lo trágico, que son las dos caras de una misma moneda, la de lo real.

Y sí, es cierto. En mis piezas aparecen, a menudo, menús. Las comidas son corrientes, son habituales, triviales. Al mismo tiempo es un ritual, nos remite a lo sagrado, a lo trascendental. Generalmente hay una dimensión mítica en mis obras. Por ejemplo, en La demanda de empleo (1973) está Adán en el paraíso. Los trabajos y los días (1979) se refiere al poema de Hesíodo de mismo título y Efigenia Hotel (1993) al mito de las Atridas.

Me pregunta cuál me parece mi obra más representativa. No tengo preferencias, pero consideremos La emisión de televisión (1988), que es, en cierta manera, ejemplar. En el horizonte, el mito de Caín que mata por celos a Abel. De forma paralela, una pérdida de trabajo que se vive casi como la pérdida de un ser querido. Están presentes la justicia, las debilidades y sus corrupciones. La delincuencia menor de unos jóvenes, un amor poco probable y una novela policiaca sin resolver. Encontramos la comida (salmón al horno en un pequeño restaurante a la orilla del río Loira). También una anticipación a la telerrealidad, que no existía todavía en aquel momento -en la obra, dos cincuentones sin trabajo aceptan asistir a un programa de televisión para hablar de su vida y de las elecciones que han tomado a lo largo de ésta-. No es que sea un visionario, pero como dice el escritor Don DeLillo, la ficción ayuda a ver. Y a interrogarse también. Quizás los escritores sentimos ciertas cosas antes que los demás. Pero si escribimos, es para ver mejor. Y para dar al lector o al espectador un espacio donde también él se vea mejor.

Texto de Michel Vinaver, como respuesta a las preguntas de Ángela Santafé. Foto: Michel Vinaver, en un retrato realizado a finales de los 80, cortesía de Teatro del Astillero.

Las obras completas en castellano de Michel Vinaver están editadas por Teatro del Astillero y traducidas por Fernando Gómez Grande.

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