Los Reyes son los viajes (y los padres, los auxiliares de vuelos transoceánicos)

Despertarse a oscuras y desorientada en un avión y tener que pedirle agua a un adulto, ante la imposibilidad de proporcionármela yo misma, ha sido un auténtico revival de esos “Mamá, agua” de a media noche desde la cama, de cuando tenía, por lo más, siete años. Dudo mucho que el equipo de auxiliares del vuelo en el que viajaba hubieran aceptado tener por hijos a los trescientos pasajeros que allí estábamos, pero no se puede negar que, por lo menos durante las horas de la noche, quedamos como niños, totalmente a expensas suyas y de sus cuidados.

Hablando de padres, he encontrado algo que los ha destronado para siempre, aunque suene a secreto. Hijos mios: los Reyes son los viajes. Al menos para mí. Porque no hay nada que me provoque más ilusión y nervios que la perspectiva de pasar diez, quince, veinte días en un lugar desconocido, sin planes y nadando en una carencia absoluta de obligaciones. Tantos, que el otro día, de víspera, me pareció que era noche de Reyes.

Con los viajes, la incertidumbre que tan mal llevamos en la vida cotidiana se convierte en un chaleco salvavidas. No pensar en nada, no tener que dar respuesta sino oír, oler, mirar, sentir y, como mucho, señalar el mapa con un dedo y decir “mañana dormiremos por aquí”, es lo que me hace pensar, parte del resto del año, que viva la vida.

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