La fiebre de la noticia – Sergio Caro

Publicada en El Duende nº122

Sergio Caro nació en Madrid en 1977 y creció en Sevilla. A los 21 años comenzó a trabajar como fotoperiodista. Sus trabajos se han publicado en numerosos medios de comunicación internacionales. 
En 2003 recibió el European Newspaper Award por un trabajo sobre la plaza de toros de Sevilla y el Premio Andalucía de Periodismo por un proyecto sobre inmigración. Además, ha recibido otros galardones como el Visa d’Or del Festival de Fotoperiodismo de Perpignan en 2005 y el Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría gráfica en 2006.

En septiembre de 2010 Sergio Caro viajó al Congo para grabar un reportaje que fue emitido un mes después en las cadenas Cuatro y CNN+. Él mismo narra los detalles sobre la foto.

La imagen que veis es del Congo. Una cuadrilla de trabajadores sale de la mina de casiterita más grande del país en Bisie, en la región de Kivu Norte. Éste es uno de los pocos agujeros que quedaban abiertos cuando estuvimos allí, en septiembre de 2010. Y es que tres días antes de nuestro viaje el presidente Joseph Kabila había dado la orden de cerrarlas para, según él, reordenar el sector y evitar que grupos armados se siguieran lucrando con ese ejercicio.

La casiterita es un mineral muy parecido al coltán, del que se deriva el estaño que se utiliza para soldar los microcircuitos de ordenadores portátiles y móviles. David Beriáin y yo nos planteamos si veinte días de viaje serían suficientes para cumplir el objetivo: comprobar hasta dónde nuestro disfrute de la tecnología supone un conflicto para los habitantes del Congo. Tras contactar con el periodista local Albert Kambale, al que llegamos por recomendaciones de tres fuentes diferentes -tres colegas, grandes entendidos de África-, nos lanzamos a grabar un reportaje.

Estábamos David, el guía, una escolta de cuatro soldados que nos puso el Gobierno y tres porteadores que contratamos al saber que después de un día de viaje desde Goma, en la frontera con Ruanda, tendríamos que hacer los últimos cincuenta kilómetros hasta la mina a pie. La gente andaba nerviosa por el anuncio del cierre. Al ver occidentales blancos en una zona nada transitada por turistas, los locales se imaginaban que éramos enviados del Gobierno dispuestos a cumplir la amenaza. El ambiente se cargó mucho y Albert necesitó un día entero para calmar los ánimos. Al final consiguió que las doscientas personas que se arremolinaban ante nosotros creando comités de empresa inesperados y espontáneos accedieran a dejarnos trabajar.

En primer plano está Maombi, de 28 años. Con sus dos compañeros forman parte de una especie de excavadores conocidos como “murciélagos”. Bajan a las minas y pasan 72 horas seguidas extrayendo el mineral. Si encuentran una buena veta, son capaces de ganar hasta mil dólares en una sola inmersión. Si no la encuentran, quizás no ganen nada. Luego suben, descansan un par de días y vuelta a bajar. Algunos son excombatientes de la guerrilla, otros, como nos cuenta él, hijos de familias sin recursos y, por ende, sin estudios ni futuro. Todos llegan allí por una especie de “fiebre del oro” que se cobra sus propias víctimas. Veinticinco amigos en cuatro años, nos cuenta Maomi, otro de los mineros. Normal, cuando los túneles se excavan sin planos ni ingenieros y los mineros trabajan sin arneses de seguridad, ni salidas de emergencia, ni conductos de respiración.

Dos tercios de lo que ganan se lo quedan los efectivos del Ejército que vigilan la entrada de la mina, exactamente el mismo porcentaje que antes cobraba la guerrilla. El Gobierno reinsertó a los guerrilleros Mai-Mai en las filas del Ejército una vez terminada la guerra, así que es posible que sea el mismo guerrillero el que le cobra, vestido hoy de soldado. A nosotros la escolta que nos puso el Gobierno nos robó mil dólares por el camino. Nos pasó en menor escala lo que les pasa a ellos: los congoleños son extorsionados una y otra vez por quienes deberían protegerles y velar por su bienestar.

Tres días después de nuestra marcha se hundió una parte de la mina que yo mismo pisé con la cámara en la mano. Murieron varios trabajadores. Jamás supimos si eran ellos.

¿Existe el fotoperiodismo? El fotoperiodismo está muerto, ya no hay mercado. Ni siquiera los grandes profesionales pueden vivir de esto. A mí no me reporta dinero desde hace tiempo, igual que a mis compañeros, excepto unos pocos privilegiados que trabajan en agencias. Y si hablamos de los grandes, bueno, quizás se apañan durante un tiempo con el dinero de los premios, pero cualquier otra persona que llegue a su grado de perfección y reconocimiento a nivel mundial en otra actividad, un médico, un mecánico, tendría una retribución más justa.

¿Por qué elegiste esta profesión? Más bien me eligió ella a mí. Yo elegí sacar fotografías, lo del periodismo fue casualidad. Con 21 años estudiaba fotografía y cubrí una baja en la delegación de EFE en Sevilla. Allí me di cuenta de que no me bastaba con sacar fotos a paisajes, me interesaba la gente, las historias.

¿Qué modelo de cámara utilizas? Intento ir a trabajar con lo mínimo posible que me permita hacer mi trabajo bien. Utilizo cámaras relativamente pequeñas. La herramienta no debe ser un incordio.

¿Cuántos días pasas fuera de casa al año? He llegado a pasar cerca de doscientos, aunque ahora llevo un tiempo en casa. Me gusta ponerme un máximo, tener mi vida familiar.

¿Entiende tu familia esta pasión por los conflictos? No me considero un apasionado de los conflictos. A mí lo que me interesa es contar historias que emocionen. Claro que en un escenario de enfrentamientos, por ejemplo, la gente quizás te habla más con el corazón en la mano.

¿Un proyecto actual? Mi productora Once Up on a Time, en la que hacemos surrealismo documental. Acabamos de terminar un documental sobre un relojero y preparamos otros dos sobre un fotógrafo y sobre la memoria histórica.

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