In memoriam, Roald Dahl

Mañana es el día de Roald Dahl (1916-1990), el día en el que bibliotecas, escuelas y niños de todo el mundo, sobre todo del Reino Unido, celebran la obra de este conocidísimo escritor, autor de clásicos como Matilda o Charlie y la fábrica de chocolate.

Roald y dos de sus hermanas en los años ’20. Los genes noruegos, patentes en los niños Dahl.

Aunque de ascendencia nórdica —sus padres eran noruegos—, Roald Dahl nació en Inglaterra en el seno de una familia numerosa y bien avenida en lo económico, gracias a los negocios de su padre, fundador de una empresa de armadores navieros en Cardiff. Cuando Roald rondaba los seis o siete años perdió a una de sus hermanas mayores y también a su padre. Fue un duro golpe para su madre, quien se afanó en cumplir el mayor deseo que su esposo tuvo en vida: que sus hijos recibieran la mejor educación británica.

Fue así como Dahl se educó desde los doce años en varios de los internados con más fama del país. Su autobiografía Boy, llena de anécdotas escalofriantes, muestra muy bien cómo era aquella época de entreguerras para estos niños, privilegiados si los comparamos con los que no tenían posibilidad de estudiar y tenían que comenzara a trabajar desde muy jóvenes, pero que eran separados desde pequeños de sus padres para someterse a una disciplina férrea y cruel, donde cualquier muestra de afecto o debilidad era sinónimo de burla y castigo.

Ilustración de Quentin Blake para The Twits —Los cretinos, en español—.

El profundo sentido del humor de Dahl hace que no todos los recuerdos sean trágicos. Además, en el futuro, Roal Dahl tirará de anecdotario para inspirar sus obras. Por ejemplo, y como es bien sabido, Charlie y la fábrica de chocolate está inspirada en los chocolates que la empresa Cadbury’s enviaba a una de sus escuelas, así como otros malvados personajes de sus novelas están inspirados en sus perversos profesores.

Ilustración de Quentin Blake para Matilda.

Con el afán de descubrir mundo, Dahl comienza a trabajar para la petrolera Shell al terminar sus estudios. Después de escribir cientos de cartas a su madre durante todos sus años como interno, al salir del colegio decide tomarse la escritura más en serio y comienza a hacer sus pinitos, alternando sus esfuerzos entre afición y trabajo. Pero el inicio de la segunda guerra mundial le encuentra a los 23 años en Nairobi, donde se une a la lucha como piloto de avión. Tras sufrir un accidente en medio del desierto, entre Libia y Egipto, es enviado como adjunto de la embajada británica de Washington, donde conoce al escritor C.S Forester. Es él quien le anima a escribir la historia de su lucha en el desierto. A piece of cake, un relato corto escrito en primera persona, se convierte en su primer trabajo firmado y publicado.

Roald Dahl en su etapa como aviador de la Royal Air Force británica.

Y así empezó la prolífica carrera de este autor, adorado por los británicos, cuyas historias se hicieron reconocibles a través del trazo fresco y divertido del ilustrador Quentin Blacke. Las obras de Dahl, la historia de su madurez —se casó con una actriz norteamericana y tuvo tres hijos—, la relación con Blacke… todo eso lo podemos dejar para otro día. Hoy sólo quería recordar uno de sus libros que más me gustan, Cuentos en verso para niños perversos, donde Dahl revisita los clásicos de nuestra infancia.

Éste, por ejemplo, es el final de su Cenicienta, donde ésta manda a paseo al príncipe y le pide a su hada madrina que le busque un ‘compañero honrado y buena gente’. Se pueden decir muchas cosas de Dahl, pero creo que este final es un buen resumen para hacerse a la idea de quién pudo ser este autor.

“¡Hada madrina –suplicó la ahijada–,
no quiero ya ni príncipes ni nada
que pueda parecérseles!
Ya he sido princesa por un día.
Ahora te pido quizás algo más difícil e infrecuente:
un compañero honrado y buena gente.
¿Podrás encontrar uno para mí, madrina amada?

Y en menos tiempo del que aquí se cuenta
se descubrió de pronto Cenicienta
a salvo de su príncipe y casada
con un señor que hacía mermelada.
Y, como fueron ambos felices,
nos dieron con el tarro en las narices”.

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