Fantástica

El pasado fin de semana, el suplemento Domingo del diario El País reprodujo un artículo tomado de Le Monde a propósito del 70 aniversario del desembarco de Normandía. En él se explicaba la encrucijada en la que se encuentran los pobladores de esa costa, quienes acosados por la disminución del poder adquisitivo, los impuestos, el paro, las regularizaciones, se han visto “obligados” —según testimonios— a votar a partidos de tendencias extremas.

De entre las declaraciones de los habitantes de la zona destaca la de Pierre Aubril, alcalde de Ravenoville, donde el 38% de sus 264 habitantes han votado al FN. En otras comunidades cercanas la tasa supera el 40%. Al ser preguntado por el asunto, Aubril espeta lo siguiente:

“¡Menudo mensaje estamos dando!… ¡Vamos a celebrar la victoria sobre el yugo nazi, y no toleramos a nuestros vecinos! Tenemos que alabar la solidaridad, pero esta hermosa palabra se ha convertido en un tabú… Si nos replegamos sobre nosotros mismos, cometeremos un suicidio. Yo voy a continuar avanzando e innovando por el bien de todos”.

¡Oh, sorpresa!
Un político que habla de innovar.

Y no dice:
— “La culpa es de ellos”.
O:
— “Aquí no pasa nada. Estamos la mar de anchos”.

Bien podría, máxime teniendo en cuenta que la densidad de población en su comunidad es de 22 habitantes por kilómetro cuadrado. En Pamplona normalmente es de 709, 61, y siete veces más las apreturas que se crean un 6 de julio cualquiera en la Plaza del Ayuntamiento a la hora del chupinazo.

¿Qué querrá decir Aubril con innovar? Quizás parafrasea a Gianni Rodari, cuando dijo: “Cuando la lógica no basta, echemos mano de la fantástica”. ¿Será Abruil escritor, poeta, periodista? En todo caso, se le adivina alma de artista por eso de querer compartir sus ilusiones con los demás…

A su manera, Alejandro Jodorwsky dice algo parecido: la libertad es la imaginación sin límites, el arma más poderosa, el poder más revolucionario. Sus antepasados judíos, desterrados, timados, arruinados, hambrientos, andrajosos, desesperados, como muchos otros que llegaban a hacer las Américas, tuvieron que echar mano de la fantástica para sobrevivir. En un intento de comenzar una nueva vida, sin conocer el idioma ni el país que les acogía, se inventaron profesiones tan estimulantes como domadora de pulgas, endulzador de vacíos, corrector de sombras o profesor de invisibilidad.

El libro donde lo relata, que es un poco verdad y un poco fantasía, se titula El canto del pájaro, haciendo honor a la cita del filósofo Jean Cocteau: ‘Un pájaro canta mejor en su árbol genealógico’. Con esta cita, Cocteau pretende decir que es más fácil conocerse, remendar lo que consideramos los desaciertos de nuestra personalidad, cuando uno sabe bien de dónde viene. Asumir quiénes somos pasa por asumir quiénes son nuestros padres, nuestros abuelos; entender las circunstancias que vivieron, que afrontaron de una manera o de otra y les hicieron ser como son. Re-conocerlos.

Aprovechar la inercia de generaciones pasadas es algo que ha sabido hacer JP Lederach, sociólogo, profesor de la Universidad de Notre Dame (Indiana) y experto en resolución de conflictos. Lederach, de origen menonita, se ha dedicado profesionalmente a una actividad en la que tradicionalmente han destacado los de su comunidad: la conciliación.

Durante treinta años ha viajado de aquí para allá metiendo las narices en problemas de medio mundo, intentando mantener la estabilidad y el diálogo de unos pueblos con otros. Pero lo que marca la diferencia, lo que hace que Lederach sea reconocido en su área, es su alma de artista.

JP tiene una sensibilidad especial. La filosofía oriental le ha influido profundamente durante sus estancias prolongadas en diferentes países de Asia. En algún momento comenzó a escribir haikus. El poeta que lleva dentro, dice, es lo que le ayudó a mirar en la dirección adecuada.

Un día decidió fijarse en las cosas pequeñas, en vez de en las grandes. En las mujeres, los adolescentes y los niños, en vez de en los políticos o en los dirigentes militares. En los músicos o escritores y bailarines, en vez de en los diplomáticos y los funcionarios… Como cuando Kanja Kouyate, un célebre griot (cantante de alabanzas) de Guinea Conakry actuó ante los mandatarios de Burkina faso y Malí, países vecinos y enfrentados en un conflicto fronterizo durante los años 80.

“A través de la poesía, la canción y la danza, sacó a relucir las cualidades que eran los atributos de un auténtico líder africano, y retó a los dos presidentes a que volvieran la vista hacia sus antepasados y devolvieran a sus pueblos la dignidad en lugar de la vergüenza y el sufrimiento. Tan emotiva fue la actuación que los dos presidentes no sólo derramaron lágrimas y se abrazaron públicamente, sino que hicieron un solemne juramento ante el público,  poniendo por testigos a sus antepasados, de que no volverían a la guerra”.

JP lo llama de diferentes maneras: serendipia —el arte de aprovechar los hechos fortuitos—, imaginación moral… Quiero pensar que Pierre Abruil, el alcalde de Ravenoville, piensa en lo mismo. Para no quedarme con la duda, le he escrito un mail. El ayuntamiento abre lunes y viernes. Veremos.

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