Emak bakia, poesía

Entrevista al director Oskar Alegría, publicada en el número 131 de la revista El Duende.

 

La casa de Emak bakia (2012) es la ópera prima del pamplonés Oskar Alegria. Antes, fue una película de Man Ray y el nombre de la casa de la costa vascofrancesa en la que éste se alojó mientras rodaba su metraje. Emak bakia significa, en euskera, ‘déjame en paz’.

En 1926 Man Ray rodó una película experimental de 16 minutos en la costa vascofrancesa por encargo de un diplomático estadounidense. Durante su estancia se alojó en una casa en la colina de Parlamentia, entre San Juan de Luz y Biarritz. Como todas las de la zona, la casa tenía un nombre: Emak bakia. Ray quedó tan impresionado por el mensaje, por la fonética -esa aliteración ak-ak-, por la franqueza y la fuerza de la expresión -quién sabe-, que acabó titulando así su obra.

Desde entonces, la expresión se ha conformado como una especie de acuerdo al que se han acogido los proyectos de diferentes artistas, todos ellos relacionados con la experimentación y la búsqueda de libertad. Ahí está el fanzine Emak Bakia Baita, editado en los setenta por Bernardo Atxaga y Rupert Ordorika, o la música de Abel Hernández y Coque Iturriaga, responsables de sonido del vídeo.

Oskar Alegria (Pamplona, 1973) disfruta de la misma libertad en una película casi homónima que materializa su búsqueda personal del hasta ahora desconocido emplazamiento de la casa. El resultado es una obra que da nombre a las personas y a las historias que no cupieron en la extra corta película de Ray.

El azar es el hilo vehicular de La casa de Emak Bakia (2012). Ante la falta de evidencias sobre la ubicación de ésta, Alegria optó por dejarse guiar por el viento. “Decidí moverme como lo hacen las liebres, que son capaces de ir de aquí para allá, saltar y quedar suspendidas en el aire para dar un giro de 360º, caer en el mismo sitio y continuar con la huida, con tal de confundir a su depredador”.

Los elementos colaterales de la primera película, y por ende los verdaderos protagonistas de la casa de Emak bakia, van surgiendo con más o menos claridad en el camino del director navarro, que adopta -siguiendo la estela de los surrealistas- una especie de papel de antropólogo maravillado en un viaje al pasado.

—¿Por qué Man Ray?
Porque es sinónimo de Alegría. Duchamp su amigo lo definía con esta entrada de diccionario:
“MAN RAY, n.m. synon. de Joie, jouer, jouir.” (MAN RAY, nombre masculino, sinónimo de Alegría, jugar, disfrutar).

—Con tu proyecto fotográfico Las ciudades visibles has demostrado que tienes una estética muy cuidada y equilibrada. La casa de Emak bakia pone de relieve, además, una gran sensibilidad. ¿Cuál es la evolución? ¿Avanzas hacia lo profundo?
Lo profundo es el aire, que decía el poeta. Y así es, en este último trabajo el que trabaja es el viento, no yo. Hay una revisita del pasado, pero en clave contemplativa, la evolución es desaparecer. En la película es el aire el que mueve las cosas, la lluvia la que da la emoción. Si en el siglo de Renoir, el ojo perdió el hábito de ver, hoy ha perdido la habilidad de pensar y en el futuro perderá otra de sus grandes funciones: la de llorar.

—Ese respeto por el pasado, por la reflexión, por el ritmo lento… ¿Es Oskar Alegria un extraterrestre en el mundo de hoy?
Al contrario, lo más terrestre es pegarse a las palabras que en su día definieron nuestro mundo, palabras que están bajo nuestros pies como tubérculos. El Neanderthal se extinguió, entre otras cosas, por no tener capacidad de metáfora, por no saber decir “pesas como un mamut, corres como una gacela”. Se acaban los linces, los olmos, los vinilos, pero también la poética al nombrar las cosas. En breve todo serán números y siglas. Desde que alguien llama a unas cataratas “Victoria” y dejan de ser “Mosi-oa-Tunya” (el humo que truena) perdemos siglos de relación con el mundo.

—Críticas estupendas, pregunta obligada: ¿cuál es tu próximo proyecto?
Proyectos que nacen de la misma película, como filmar el dormir de los cerdos para ilustrar un banquete en el Restaurante Mugaritz o hacer un poema con los nombres de las casas en Zuberoa para el Instituto de Cultura Vasco o tratar de dar con las tres casas en las que habitó Marcel Duchamp en Buenos Aires. Es un encargo que me lanzó la Secretaría del Ministerio de Cultura en Argentina, una vez vista mi película sobre la búsqueda de la casa de Man Ray. Me tienta porque allá Duchamp se dedicó a la inacción absoluta, si descontamos que no paró de jugar al ajedrez. Solo por imprimirnos una tarjeta que diga “Oskar Alegria, buscador de casas surrealistas” habrá que hacerlo.

Como no podía ser de otra manera, un aire onírico made in Man Ray -retratista de sueños y despertares, no lo olvidemos-, recubre como una ligera pátina esta obra de autor, poética y delicada. Recuperar historias olvidadas, vidas desconocidas que fueron y siguen siendo obras de arte y rendir tributo a la belleza de lo cotidiano, todo ello con gran respeto y una exquisita sensibilidad, hacen que visionar esta película deje al espectador, curiosamente, muy en paz consigo mismo y con el mundo.

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