El Van Gogh de Barbara Stok

Hace unos días llegó a la Biblioteca General la novela gráfica Vincent, en la que la dibujante holandesa Barbara Stok retrata el periodo de vida que su paisano Van Gogh pasó en la Provenza francesa. Fue allí, durante los dos años anteriores a su muerte, donde el pintor impresionista sufrió el conocido episodio de la oreja y dio a luz obras tan relevantes como Los girasoles, El dormitorio de Arlés, El café La Nuit, Terraza de café por la noche, Noche estrellada o Almendro en flor.

Lo interesante de esta obra es que la autora parte de la correspondencia entre el pintor y su hermano Theo para vertebrar su historia. Estas escrituras íntimas descubren no sólo a un hermano absolutamente merecedor de la fama que le precede — Theo fue su mecenas casi toda su vida y le apoyó incondicionalmente, a pesar de sus altibajos emocionales—, sino a un Vincent sensible, profundo y mucho más cuerdo de lo que la leyenda popular nos ha hecho creer.

Lejos de retratarlo únicamente como un artista maldito, un enfermo mental o un ser permanentemente atormentado, Vincent revela un Van Gogh lúcido, visionario y generoso, alejado voluntariamente del mainstream, aunque eso le aboque a la dependencia económica y a la angustia. Con un discurso clarividente respecto al sentido de la vida, Van Gogh se toma como un deber plasmar lo que ven sus ojos no sin antes haberlo engullido y deglutido, poniendo su sensibilidad y su técnica al servicio del arte, y ejerciendo una gran responsabilidad personal hasta el punto de no pintar nunca durante sus crisis y ser él mismo quien decida sus ingresos en hospitales y asilos.

“Todos somos mortales y podemos padecer cualquier enfermedad, así que es cuestión de justicia que me toque mi parte”.

Según desprende el guión, Vincent Van Gogh acepta su enfermedad como parte del destino. Y lo mismo hace con su genialidad, a la que trata como a una secuestradora que, en la lotería de la vida, le han elegido a él como rehén. Una concepción grecolatina — los griegos y los romanos no pensaban que la creatividad estuviera originada en el ser humano en concreto, sino que la imaginaban como un espíritu divino que llegaba a los artistas desde una fuente remota y desconocida— que no ayudó a Van Gogh a tomar distancia de su obra ni de su genialidad.

Al contrario, vivió obsesionado por ella. Los tormentos se suceden y el deseo de cumplir con una obligación divina hacen de él un ser ansioso e inagotable que trabaja desde temprano y produce obras a una velocidad vertiginosa. El apremio de ganar dinero y dejar de depender económicamente de su hermano también serán un motor para tan prolífica producción… e igualmente motivo de frustración, ya que sólo vendió tres cuadros en su vida. Eso sí, nunca abandonó su estilo por otro más cláisco, lo que le hubiera proporcionado más ganancias y una vida más confortable.

Me ha impresionado saber que, en su juventud, Van Gogh fue predicador. Vincent y Theo pertenecían a una familia burguesa de los Países Bajos. Tras estudiar en un internado, con 15 años y dominando ya tres lenguas, Vincent fue destinado a casa de un tío para aprender el oficio de marchante de arte. A los años sintió la vocación religiosa y pidió ayuda a sus padres para tomar otro camino. Tras un periodo de formación fue enviado a la región de Borinage, en Bélgica, como pastor de la Iglesia Evangelista.

Fue allí, en esta región minera históricamente maltratada y desfavorecida, donde entabló una relación demasiado cercana con los mineros y su lucha, lo que provocó desavenencias con las autoridades de su iglesia e hizo que acabara dejando su trabajo. La estancia entre los mineros fue determinante para Van Gogh, quien ya había comenzado a dibujar y se convence de que el arte debe experimentar la realidad, aunque ésta sea trágica.

Después de esto, Vincent intentó volver a la casa familiar, pero su padre le echó. Fue entonces cuando su hermano Theo, también marchante de arte, se ofrece a mantenerle hasta que pueda ganarse la vida. En ese momento Vincent tiene 27 años. Tiempo después, en su treintena, pasa dos años en París donde expone junto a Toulouse-Lautrec y Paul Gaugin, pero sus depresiones le empujan a buscar un lugar más tranquilo y amable, lejos de la congestión urbana de la gran ciudad y del pseudo estado de mendicidad en el que descubre que viven la mayoría de los artistas.

“Las estrellas me recuerdan a las marcas negras que representan los pueblos y ciudades en un mapa. Imagínate que los puntos luminosos del cielo estuviesen a nuestro alcance, como los del mapa de Francia. Tal y como tomamos el tren para ir a Tarascon o a Rouen, tomamos la muerte para ir a una estrella”.

Ese lugar es Arles, en la Provenza francesa. Allí se emociona con los colores del paisaje, con la quietud que respira, con la pureza de las gentes del campo. De entre las crisis de locura, que van en aumento, sobresalen momentos de lucidez. A través de pensamientos trascendentales y profundos va conformando un discurso clarividente en lo relativo al sentido de la vida y del trabajo, llegando a vislumbrar una cooperativa de artistas, la ‘maison du midi’, que “como las cofradías de pescadores” se amparen y ayuden en la ardua tarea de la subsistencia.

Sin faltar a la verdad, Stok utiliza la misma pincelada gruesa, densa y de color intenso que hizo famoso al artista holandés para introducir en su historia luces y claros sobre su personalidad. Su autora nos regala así pasajes sorprendentes y poco conocidos de la vida del autor, aligerados por una estética colorida que aporta viveza sin quitarle contundencia a esta exquisita historia, superventas en los Países Bajos.

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