El atlas de mi vida

Durante años quise ver Europa del Este, África, América Latina en relieve, y no en las tintas planas del atlas que consultaba cuando era pequeña. Por eso, además de intentar viajar de vez en cuando, he pasado un montón de años pensando en comprarme un buen atlas actualizado, a la última y con muchas fotos del Amazonas. Pero va y resulta que, cuando estoy a punto, Jimmy Nelson publica su gran obra.

Nelson es un fotógrafo inglés que entre 2009 y 2010 pasó 29 semanas en diferentes tribus aisladas del mundo, en un proyecto que denominó Before they pass away (‘Antes de que desaparezcan’). Además de haber confeccionado un documento antropológico valiosísimo, y de que ha tenido que vivir experiencias inolvidables, Nelson ha hecho el atlas que quiero en mi estantería. Casi casi, el atlas de mi vida. Evidentemente no el de la vida que vivo, sino la que hubiera dado, hace unos años y siempre retóricamente, por hacerlo.

En su web se pueden ver imágenes de los Kazak, Himba, Asaro, Kalam, Goroka, Chukchi, Mustang, Tsaatan, Samburu… que dejan con la boca más que abierta. Es el atlas de la humanidad que no se ve, que no sale en los medios de comunicación. Como diría Millás, he aquí gente diferente con hábitos diferentes.

Pastoreando, posando con sus mejores galas, transportándose de un lado a otro de su hábitat, así muestra Nelson los diferentes pueblos. Unos nos suenan más que otros. Los mongoles —con sus caballos enanos, sus halcones y sus pieles— más que los Himba de Namibia. Los maoríes —con sus tatuajes ondulados, sus adornos de hueso y sus tablas de surf— más que los Yali de Papúa Nueva Guinea.

Con esta puesta en escena la imaginación pide volar, navegar en un barco por los mares del Sur. Veo los retratos de los Rabari y me parece que son miembros de una estirpe muy antigua de fakires de un circo de Bombay, cuyas fotos se cayeron del baúl de Mata Hari.

Me fijo en los Drokpa de la India. Sus sombreros me recuerdan a los lazos de los cucuruchos que llevan los zampantzares en la cabeza. Siempre adornos en el testuz: flores, plumas, huesos, hojas, abalorios, pieles. Cada uno lleva orgulloso el signo distintivo de su origen. Me río cuando lo pienso: llevamos las raíces en los pelos, no en los pies.

Me pregunto por mi tribu —con ancestros pertenecientes a extensos territorios que cubren desde las Bardenas hasta la Ultzama, que yo sepa— y me parece bastante menos exótica. A pesar de que algunos de los de las fotos comen cordero con las manos, como hago yo cuando bajo por allí a comer los domingos, también cordero, también criado por mi tribu —lo que no me salva de la indigestión—que antes tenía dos pastores y ahora sólo cuenta con uno, y en retirada.

Y entonces me acuerdo de una columna del domingo de Juan Cruz que hablaba de la importancia de leer, y pienso que leer es lo que me ha dado ganas de viajar, y que viajar es muy importante abrir los ojos y los oídos y conocer gentes, lugares y sones que nos hagan amar lo extraño.

También veo ahora que viajar es importante para poder volver a casa un día y empezar a vivir. Pero, sobre todo, es muy importante para que no pasen cosas como las que acabamos de ver en Brasil, donde, entre otras situaciones, cifras y sucesos que preferiría que no se dieran, la FIFA ha cambiado a dos presentadores de clarísima ascendencia africana por una pareja que parecen David y Victoria Beckham. Sepan o no inglés, me alegro de que tantos tuiteros les hayan defendido.

Viva la diversidad. Aunque la sed de viajar que me ha dado este atlas me haga ver espejismos y me crea que los corderos de Caparroso son iguales que los de la estepa uzbeka.

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